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Crónicas del Sysadmin|

El día que Internet caminaba despacio

Una mañana cualquiera, Internet no se cortó ni se cayó: decidió caminar despacio. Y cuando algo anda lento, todos miran al técnico.

Bajada

Hay problemas que se anuncian con humo, alarmas o pantallas azules. Otros apenas susurran. Ese día, Internet no murió. Hizo algo peor: empezó a caminar despacio.

Crónica

Hay problemas que entran por la puerta principal, saludan, se sientan y esperan su turno.

Otros no.

Otros se arrastran por debajo de la mesa, se meten atrás del escritorio, te miran desde el parpadeo de una lucecita verde y esperan a que vos quedes como un imbécil delante de todos. Ese martes, Internet decidió caminar despacio.

No caerse.
No cortarse.
No explotar.
No.

Caminar despacio.

Que es peor.

Porque cuando algo se rompe del todo, uno puede señalarlo con el dedo y decir: “ahí está el cadáver”. Pero cuando algo anda lento, el cadáver sos vos. Vos, tu paciencia, tu mañana y cualquier plan ingenuo que tuvieras de tomar café tranquilo. La primera en avisar fue Marlia.

Marlia no trabaja en sistemas, pero tiene un talento especial para detectar fallas con una precisión que ningún sistema de monitoreo pudo igualar jamás.

—Zami, ¿puede ser que Internet esté raro?

“Raro”.

Ahí empezó todo.

Internet nunca está “raro”. Internet está funcionando, no funcionando o siendo usado por alguien para ver videos en una calidad que no merece. Pero “raro” es una categoría administrativa, emocional y meteorológica. Significa que todavía no hay incendio, pero ya huele a plástico caliente.

—¿Raro cómo? —pregunté.

—Y… lento.

Ah, lento.

La palabra maldita.

Apareció también Rundel desde el pasillo, con esa forma de caminar de quien trae un problema pero pretende entregarlo como si fuera correspondencia equivocada.

—A mí también me anda lento.

—¿Qué cosa?

—Todo.

“Todo” es otra palabra hermosa. En sistemas, “todo” puede ser el navegador, el correo, el sistema de turnos, el mouse, la silla, la inflación o la vida misma. A los cinco minutos ya había tres personas alrededor mío. Cada una traía una versión distinta de la misma tragedia.

—No me carga la página.

—A mí me carga, pero tarda.

—A mí me abre, pero queda pensando.

—A mí me anda, pero no como antes.

Ese último me dolió. “No como antes” es una acusación sentimental. Uno no sabe si arreglar la red o pedir perdón. Fui hasta mi escritorio con la seguridad de quien todavía cree que el problema va a ser una pavada. Esa soberbia dura poco, pero mientras dura calienta el alma. Miré las pantallas.

Todo parecía normal. Las luces estaban verdes. Los equipos respondían. Los servicios decían estar vivos. El router no se quejaba. Nada echaba humo. Eso, por supuesto, era una mala señal. Los problemas verdaderamente perversos no gritan. Respiran despacio. Me acerqué a la oficina de al lado.

—¿Alguien tocó algo?

Silencio.

Tres personas negaron con la cabeza al mismo tiempo. Demasiado coordinado. Como si hubieran ensayado. Y entonces apareció la frase. No sé quién la dijo. Tal vez la dijo la oficina entera. Tal vez la dijo el edificio. Tal vez salió del techo.

—Yo no toqué nada.

Ahí supe que el asunto era grave. Esa frase debería estar prohibida por convenio colectivo. Cuando alguien dice “yo no toqué nada”, en realidad quiere decir una de estas cosas:

Moví un cable, pero no cuenta.
Reinicié algo, pero volvió a prender.
Desenchufé una cosa para enchufar otra.
Limpié atrás del mueble.
Mi primo que sabe de computadoras vino el sábado.
El cargador del celular necesitaba lugar.

Pregunté de nuevo, esta vez mirando fijo a Rundel.

—¿Nadie tocó nada?

—No, no. Nada. Lo único que ayer cambiamos una zapatilla porque la otra hacía ruido.

Una zapatilla.

No hay que subestimar jamás una zapatilla eléctrica. La zapatilla eléctrica es el pantano donde mueren las explicaciones racionales. Uno empieza revisando configuración y termina encontrando un router, una impresora, dos cargadores, un ventilador y un alargue conectado a otro alargue como si fuera una genealogía de irresponsabilidades.

Fui al rincón donde vivía la red. Digo “vivía” porque aquello no estaba instalado. Estaba habitado.

Había un router del proveedor, tres cables azules, uno gris, uno amarillo, un switch negro, polvo, una fuente sin nombre, otra fuente de algo que ya no existía y una lucecita parpadeando con la tranquilidad de quien sabe que todos los demás van a ser culpados antes que ella.

Me agaché.

Ese fue mi primer error. Cuando un técnico se agacha atrás de un mueble, deja de ser persona y pasa a formar parte del mobiliario. Automáticamente alguien aprovecha para decir:

—Ya que estás ahí, ¿te fijás por qué la impresora hace ruido?

No respondí.

Estaba mirando el switch. Chiquito. Liviano. Negro. Sin marca visible. Un aparato que no inspiraba confianza, pero tampoco miedo. Uno de esos dispositivos que nadie recuerda haber comprado. Simplemente aparecen un día y quedan. Como los duendes, la humedad o las decisiones mal tomadas.

Lo levanté.

Abajo tenía una etiqueta.

10/100.

Me quedé quieto.

Hay momentos en los que el mundo se ordena. La mente acomoda las piezas, los hechos se alinean, los síntomas se explican y uno entiende que acaba de perder dos horas peleando contra un fósil. No era el proveedor. No era el servidor.

No era el WiFi.

No era una conspiración internacional de paquetes perdidos. Era ese cuadradito miserable, repartiendo Internet como si todavía estuviéramos en una época donde bajar una canción era un proyecto familiar. Volví a mirar a Rundel.

—¿Este switch estaba acá?

—Sí, creo que sí.

—¿Creés?

—Y… estaba guardado. Como faltaban bocas, lo pusimos.

—¿Cuándo?

—Ayer.

Ayer.

La palabra cayó en el pasillo como una baldosa floja. Marlia, desde su escritorio, levantó la vista.

—Pero no tocamos nada importante.

Claro.

Nada importante.

Solo habían reemplazado una parte central de la red por un aparato que probablemente había conocido MSN Messenger en actividad. Respiré hondo. No por calma. Por oxígeno.

Conseguí un switch gigabit que estaba guardado, todavía en caja, esperando que alguien tuviera la decencia de usarlo antes de que también se convirtiera en reliquia. Lo conecté. Ordené un poco los cables, no por necesidad técnica, sino por respeto propio. Esperé. Las luces empezaron a parpadear.

Una computadora cargó. Otra abrió el sistema. Marlia gritó desde su escritorio:

—¡Ahora sí!

Y ese “ahora sí” fue hermoso y cruel.

Hermoso porque el problema estaba resuelto.
Cruel porque confirmaba que todo el sufrimiento anterior había sido causado por un switch que pesaba menos que un alfajor.

Rundel se acercó, miró el aparato viejo sobre la mesa y preguntó:

—¿Entonces eso era?

Lo dijo con decepción. Como si hubiera esperado algo más digno. Un ataque ruso. Un virus nuevo. Una falla del proveedor. Algo con nombre en inglés.

—Sí —le dije—. Eso era.

—Pero si prendía bien.

Ahí está.

La tragedia completa de la informática moderna resumida en cuatro palabras.

“Pero si prendía bien.”

Hay gente que cree que porque algo prende, funciona. También prende una vela, y no por eso la conectamos al servidor.

Guardé el switch viejo en una caja. No lo tiré. Estas cosas no se tiran. Se conservan como advertencia para generaciones futuras. Algún día alguien preguntará por qué hay un switch 10/100 en una caja con una etiqueta que dice “NO USAR AUNQUE PAREZCA BUENA IDEA”, y entonces habrá una historia para contar.

Marlia volvió a pasar cerca.

—Qué raro, ¿no? Una cosita tan chica y hacía todo lento.

Sí, Marlia.

Ese es justamente el oficio. Encontrar la cosita chica que hace todo lento.

A veces es un switch.
A veces es un cable.
A veces es una contraseña vencida.
A veces es una persona con iniciativa.

Ese día fue un switch. Y mientras todos volvían a trabajar como si nada hubiera pasado, yo me quedé mirando el rincón de la red. El router seguía ahí. Los cables seguían ahí. La zapatilla seguía ahí, demasiado tranquila para mi gusto. Porque uno puede resolver un problema. Pero nunca debe confiarse.

Siempre hay otro dispositivo viejo esperando su oportunidad.

Archivo de daños

Frase escuchada
“Yo no toqué nada.”
Causa real
Un switch 10/100 rescatado de una caja donde debería haber permanecido hasta el juicio final.
Tiempo perdido
Una mañana y parte de mi fe en la humanidad.
Lección
Si algo “anda lento”, mirá primero lo que alguien tocó “sin tocar nada”.