Bajada
Las actualizaciones no consultan. Esperan el momento exacto en que alguien necesita trabajar y entonces aparecen con un porcentaje.
Crónica
Todo empezó con una pantalla azul. No la azul de la muerte. Esa, al menos, tiene carácter. Era una azul amable, moderna, con letras blancas y una promesa optimista:
“Actualizando. No apague el equipo.”
El problema era que el equipo no pertenecía a una persona tranquila un domingo a la tarde. Pertenecía a una oficina un lunes a la mañana, con gente esperando, papeles en la mano y una urgencia que, según todos, no podía esperar. La máquina estaba en 7%. Ese número me pareció ofensivo.
—¿Cuánto tarda? —preguntó Lurena.
La pregunta eterna. ¿Cuánto tarda una actualización?
Nadie lo sabe.
Ni el fabricante. Ni el sistema. Ni los ingenieros. Ni los santos patronos del silicio. Puede tardar cinco minutos o una era geológica. El porcentaje no avanza: negocia.
—Depende —dije.
“Depende” es una palabra útil porque no promete nada y al mismo tiempo suena profesional. Lurena miró la pantalla.
7%.
—Pero yo no le di actualizar.
Claro que no.
Nadie le da actualizar. Las actualizaciones ocurren. Son fenómenos naturales. Como la lluvia, los cortes de luz o los compañeros que preguntan “ya que estás”. La computadora había decidido, por iniciativa propia, que ese era el momento ideal para purgar viejos pecados del sistema operativo.
—Anoche andaba bien —agregó Lurena.
Esa frase siempre aparece. “Anoche andaba bien”, “ayer imprimía”, “el viernes abría”, “antes no hacía eso”. Como si los equipos firmaran un contrato de continuidad emocional.
Me quedé mirando.
8%.
La oficina también miraba. Una actualización convierte a cualquier computadora en un evento público. La gente pasa y pregunta el porcentaje, como si estuviera viendo un partido.
—¿Sigue en 8?
—Sí.
—¿Y si la apagamos?
No.
Hay frases que deberían activar una traba física en la mano del usuario.
—No la apagues.
—Pero capaz arranca.
—O capaz no.
—¿Y si mantenemos apretado el botón?
—Lurena.
—Bueno, pregunto.
Apareció Roberlan, con un expediente en la mano y cara de estar perdiendo fe en la digitalización.
—Necesito esa máquina.
—Está actualizando.
Roberlan miró la pantalla.
8%.
—¿Y no se puede usar otra?
Sí. Se podía.
Pero, por razones que nadie había pensado hasta ese momento, el acceso, el certificado, el lector, el programa y “lo que siempre usamos” estaban en esa máquina. Esa máquina era, sin que nadie lo hubiera declarado, un pequeño altar operativo.
—¿Por qué no está en otra también? —pregunté.
Silencio.
Ese silencio dijo mucho.
Dijo “porque siempre funcionó”.
Dijo “porque nunca hizo falta”.
Dijo “porque nadie quiso tocar”.
Dijo “porque cuando lo pediste dijimos después”.
La actualización seguía.
9%.
Un avance.
Festejamos con prudencia. A los diez minutos estaba en 11%. A los veinte, en 12%. El porcentaje avanzaba como jubilado en ventanilla, con dignidad pero sin apuro. Mientras tanto, Lurena recordó algo.
—Ayer me salió un cartel.
—¿Qué cartel?
—Uno que decía reiniciar ahora o más tarde.
—¿Y qué pusiste?
—Más tarde.
—¿Cuántas veces?
—No sé. Varias.
Ahí está.
Las actualizaciones son pacientes. Uno puede decirles “más tarde” muchas veces, pero ellas no olvidan. Guardan rencor. Esperan. Y cuando juntan suficiente resentimiento, se cobran todo junto el lunes a las 8:15. La computadora llegó al 30%.
Después al 48%.
Después, por supuesto, se reinició. La oficina entera contuvo la respiración. Volvió la pantalla.
“Configurando actualizaciones.”
22%.
—¿Pero no iba en 48? —preguntó Roberlan.
—Era otra etapa.
—¿Cuántas etapas hay?
—Las necesarias para quebrarnos.
No se rió.
Yo tampoco.
Pasó media hora. La máquina reinició otra vez. Después otra. En una de esas pausas mostró el escritorio durante cinco segundos, apenas lo suficiente para que Lurena dijera “¡ahí está!”, y luego volvió a actualizar. Fue cruel. Como mostrar agua en el desierto. Finalmente, después de una hora y media, entró.
Todo parecía estar.
El sistema abrió.
El certificado seguía. El programa funcionaba. La impresora, sorprendentemente, también.
Lurena suspiró.
—Menos mal.
Roberlan entregó su expediente como si hubiera cruzado una frontera. Yo aproveché el momento para decir lo obvio:
—Tenemos que preparar otra máquina con lo mismo.
Todos asintieron.
Ese asentimiento colectivo que significa “tenés razón” y también “esperamos que lo hagas vos”.
Lo hice.
Porque uno aprende. O al menos acumula cicatrices. Configuré una segunda máquina. Probé acceso. Documenté el proceso. Dejé anotado dónde estaba cada cosa. Programé las actualizaciones para otro horario. Expliqué que “más tarde” no era una estrategia de mantenimiento.
Lurena escuchó.
Roberlan también.
La computadora, recién actualizada, brillaba con esa falsa inocencia de quien acaba de arruinar una mañana y no piensa disculparse. Al día siguiente, pasé por la oficina.
Lurena sonrió.
—Hoy no actualizó nada.
—Bien.
—Pero apareció un cartel.
Me detuve.
—¿Qué cartel?
—Uno que dice que hay actualizaciones disponibles.
La miré.
Ella me miró.
Ninguno dijo nada. A veces el silencio es la única política informática sostenible.
Archivo de daños
- Frase escuchada
- “Pero yo no le di actualizar.”
- Causa real
- Semanas de “reiniciar más tarde” acumuladas hasta que el sistema decidió cobrar la deuda completa.
- Tiempo perdido
- Una hora y media, tres reinicios y varias miradas al 8%.
- Lección
- Posponer actualizaciones no las cancela. Solo les da tiempo para elegir el peor momento.