← Volver a Crónicas

Crónicas del Sysadmin|

La impresora que solo imprimía bajo amenaza

Algunas impresoras imprimen por protocolo. Otras, por miedo. Esta parecía necesitar una amenaza formal para entregar una hoja.

Bajada

Hay máquinas nobles. Hay máquinas útiles. Hay máquinas que cumplen su tarea con silencio y humildad. Y después están las impresoras.

Crónica

Las impresoras no son dispositivos.

Son entidades.

Uno no instala una impresora. Uno negocia con ella.

Se le ofrece papel, tóner, drivers, red, electricidad y una ubicación razonable. A cambio, ella decide —cuando quiere y si está de humor— escupir una hoja con una raya al costado, el margen torcido o el documento anterior que alguien mandó hace tres días y ya no necesita. La de Tesorería era especial.

No por moderna.
No por rápida.
No por eficiente.

Era especial porque solo imprimía cuando se la amenazaba. No era una amenaza física. No hacía falta llegar a la violencia. Bastaba con pararse frente a ella, mirarla fijo y decir:

—Mirá que te cambio.

Entonces imprimía.

Una hoja.

A veces dos.

Después volvía a su silencio administrativo. La primera vez pensé que era casualidad. Uno todavía cree en esas cosas cuando es joven o cuando durmió bien. Me llamaron a media mañana.

—Zami, la impresora no imprime.

La frase llegó con resignación, no con urgencia. Eso me preocupó. Cuando el usuario está enojado, hay esperanza. Cuando está resignado, el aparato ya ganó. Fui hasta Tesorería. La impresora estaba ahí, enorme, gris, con una bandeja semiabierta y una pantalla que decía “Lista”.

Esa palabra, en una impresora, es una provocación.

—Dice lista —me dijo Aliria.

—Veo.

—Pero no imprime.

—También veo.

Aliria me señaló la computadora.

—Le mandé tres veces.

Error clásico.

Cuando algo no imprime, el usuario no espera. Repite. Manda el mismo documento una vez, dos veces, cinco veces, con una fe casi religiosa en que la quinta orden va a convencer al aparato por cansancio. Lo que se consigue, generalmente, es que cuando el problema se arregla salgan diecisiete copias y alguien pregunte por qué se gastó tanto papel.

Me acerqué a la impresora.

Tenía papel.

Tenía tóner.

Tenía red.

Tenía energía.

Tenía esa expresión plástica de quien sabe exactamente qué pasa, pero no va a colaborar.

—¿Alguien tocó algo? —pregunté.

Aliria levantó las cejas.

—No.

Desde el fondo, Oscario agregó:

—Yo no toqué nada.

Lo dijo demasiado rápido.

Giré despacio.

—Oscario.

—¿Qué?

—¿Qué no tocaste?

—Nada.

—Perfecto. Ahora contame qué tocaste.

Oscario miró la impresora, después miró el piso, después hizo ese gesto de inocencia que tienen las personas culpables y los gatos arriba de la mesa.

—Solo abrí la tapita.

—¿Qué tapita?

—Esa.

Señaló una tapa lateral. La tapa lateral era el tipo de tapa que el fabricante claramente diseñó para que nadie la abriera sin leer antes un manual, rezar o tener un curso técnico. Oscario la había abierto porque “quería ver si estaba trabada una hoja”. No había hoja trabada.

Pero había una pequeña pieza de plástico movida medio centímetro.

Medio centímetro.

En tecnología, medio centímetro puede separar la civilización del caos. Acomodé la pieza. Cerré la tapa. La impresora hizo un ruido. Un ruido largo. Dramático. Como si acabara de despertar de una siesta injustamente interrumpida.

Esperamos.

Nada.

La pantalla seguía diciendo “Lista”.

Aliria me miró.

—¿Y?

—Está pensando.

La impresora no estaba pensando. La impresora estaba midiendo fuerzas. Fui a la computadora. Abrí la cola de impresión. Ahí estaban los documentos de Aliria, multiplicados como conejos.

“Recibo.pdf”
“Recibo.pdf”
“Recibo.pdf”
“Recibo final.pdf”
“Recibo ahora sí.pdf”
“Recibo imprimir este.pdf”

El último nombre era un pedido de auxilio. Cancelé todo. Mandé una página de prueba.

Nada.

La impresora seguía lista. Lista para qué, nadie sabía. Entonces hice lo que ningún técnico admite en público pero todos han hecho alguna vez: la apagué y la prendí. La impresora empezó su ceremonia.

Primero un zumbido.
Después un golpe interno.
Después silencio.
Después otro golpe.
Después un ruido como de mueble viejo cruzando un pasillo.
Después la pantalla.

“Iniciando.”

Pasó un minuto.

“Calibrando.”

Otro minuto.

“Procesando.”

Ahí la oficina entera se quedó mirando. Porque una impresora procesando convoca gente. Es como ver una tormenta desde la ventana. Nadie puede ayudar, pero todos quieren estar presentes cuando ocurra la desgracia. De pronto salió una hoja.

Todos respiramos.

La hoja estaba en blanco. Aliria la levantó como si fuera una prueba judicial.

—Está en blanco.

—Sí.

—¿Eso es malo?

—Es una declaración de guerra.

Volví a revisar. Driver correcto. IP correcta. Bandeja correcta. Papel correcto. Nada tenía sentido, que es la forma habitual en la que trabajan las impresoras.

Entonces la miré.

La impresora me miró. Yo sabía que ella sabía.

—Mirá —le dije en voz baja—. Tengo otra impresora en depósito.

Oscario se rió.

Aliria no.

La impresora hizo un clic. Un clic chiquito. Suficiente. Y empezó a imprimir.

Primero la página de prueba.
Después un recibo.
Después otro.
Después otro.
Después “Recibo ahora sí.pdf”.
Después “Recibo imprimir este.pdf”.
Después un documento de alguien que ya se había ido a almorzar.

Aliria sonrió.

—¡Ahí está!

Oscario dijo:

—Viste que no era nada.

Lo miré.

—Oscario, la próxima vez que una impresora no imprima, no abras tapas.

—Pero yo no toqué nada.

Ahí entendí que la frase no era una defensa.

Era una religión.

La impresora siguió funcionando durante toda la tarde. Cada tanto hacía un ruido raro, como recordando que su obediencia era temporal. Yo pasaba cerca y la miraba. Ella imprimía. A las cinco, Aliria me dijo:

—Qué cosa, ¿no? Parece que te tiene miedo.

No, Aliria.

No me tenía miedo.

Me respetaba.

Que no es lo mismo. Desde ese día, cada vez que alguien decía “no imprime”, yo iba hasta Tesorería, me paraba frente al aparato y repetía la frase sagrada:

—Mirá que te cambio.

Y la impresora, como toda criatura vieja que sabe que el depósito existe, obedecía.

Archivo de daños

Frase escuchada
“Yo solo abrí la tapita.”
Causa real
Una tapa lateral abierta por curiosidad y una pieza interna movida medio centímetro.
Tiempo perdido
Cuarenta minutos, cinco recibos duplicados y una hoja en blanco con valor testimonial.
Lección
Nunca subestimes a una impresora. Y nunca, jamás, dejes una tapa al alcance de Oscario.